Pausa de hidratación: El hombre que murió dos veces

Por Jéssica Imaz; Lic en periodismo, Locutora nacional MN 10075.
LA COLUMNA DEL DOMINGO16 de agosto de 2026 Jessica Imaz

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El título no es mío. Es de Enrique Sdrech, uno de los grandes nombres del periodismo policial argentino. Su libro, publicado en 1994, contaba la historia de un hombre que figuraba como muerto mientras seguía vivo.

Jorge Messi no es ese hombre. Pero, de alguna manera, esta semana volvió a morir. Y esta vez murió de verdad.

La noticia de la muerte del padre de Lionel Messi comenzó a tomar fuerza durante la mañana del sábado. Infobae fue uno de los primeros medios en publicarla. Más tarde llegó Rosario3 y, con el correr de las horas, comenzaron a aparecer esas señales que, para quienes trabajamos con información, ayudan a convertir rumores en noticias confirmadas: la bandera de Newell's a media asta, el cierre del bar de la familia, las comunicaciones de instituciones vinculadas al fútbol, los medios internacionales que todavía hablaban en potencial.

La noticia ya estaba ahí. Pero todavía faltaba algo: La certeza.

Y quizás por eso aquella mañana el periodismo argentino pareció caminar con cuidado, casi de puntillas, alrededor de una noticia que ya estaba publicada.

Y había una razón para hacerlo así.

Unos 50 días antes, Jorge Messi ya había muerto en vivo, frente a una audiencia de streaming.

El 18 de junio, en el programa que conducía Florencia Peña en Luzu TV, la actriz y conductora había anunciado al aire que el padre de Lionel Messi había muerto. La información era falsa. La familia Messi tuvo que salir a desmentirla y explicar que Jorge atravesaba un problema de salud, pero que seguía con vida.

Peña pidió disculpas. Explicó que había recibido la información por la producción del programa y que se la habían presentado como chequeada. La polémica fue enorme y terminó con su salida de Luzu TV, además de la desvinculación de parte del equipo de producción.

El episodio quedó instalado.

Por eso, cuando llegó el sábado, quizás nadie quería volver a ser el primero en matar a Jorge Messi. Nadie quería equivocarse otra vez.

Y ahí apareció algo que, para quienes nos dedicamos a esto, debería ser mucho más importante que una primicia: la necesidad de confirmar. Confirmar para informar.

Porque publicar primero no es necesariamente confirmar primero. Y que cinco medios publiquen una misma noticia tampoco significa que tengamos cinco fuentes. Si los cinco están mirando al primero, seguimos teniendo una sola versión.

Entonces, ¿cómo se construye una certeza?

¿A quién le creemos?

¿A un medio? ¿A dos? ¿A diez?

¿A una publicación en redes sociales?

¿A un periodista que dice que una fuente le confirmó?

¿A un comunicado?

¿A una bandera a media asta?

¿A un negocio familiar que baja sus persianas?

El sábado, poco a poco, fueron apareciendo todas esas piezas. Y cuando las piezas empezaron a encajar, la noticia dejó de ser una versión.

Jorge Messi había muerto.

Esta vez sí.

Y entonces apareció la otra discusión. Porque una cosa es confirmar una muerte y otra muy distinta es tener derecho a mostrarla.

La familia eligió una despedida íntima. El funeral se realizó bajo un fuerte operativo de seguridad en el cementerio El Prado, en Pérez. Hubo restricciones y controles para impedir que drones sobrevolaran el lugar. Y hubo drones.

La búsqueda de la imagen exclusiva llegó hasta el cementerio. La Policía de Santa Fe incluso trabajó en la identificación de los aparatos que intentaban registrar desde el aire una ceremonia que la familia había decidido mantener en privado. Y ahí aparece otra pregunta para el periodismo.

¿Dónde termina la necesidad de informar y empieza la decisión de invadir?

Porque el mismo oficio que durante horas se preguntó con extrema cautela si Jorge Messi realmente había muerto, una vez que tuvo la certeza pareció olvidar otra cosa elemental: que una familia tiene derecho a despedir a un muerto sin que una cámara necesite estar adentro de esa despedida.

Pero ese sábado pasó algo más en Santa Fe, porque mientras todo esto ocurría alrededor de Jorge Messi, en Piamonte, una mujer de 56 años era asesinada.

Se llamaba Lucrecia Zarmati.

Era portera de una escuela. Tenía tres hijos. Había denunciado violencia y su ex marido tenía una perimetral que le prohibía estar cerca de ella, una medida que, según versiones periodísticas, vencía el martes y debía ser renovada. 

Pero Lucrecia no llegó. Salió de trabajar el viernes y cuando se trasladaba en bicicleta su expareja la atropelló con el auto y después la atacó con un cuchillo. El hombre intentó suicidarse luego del ataque, lo logró siete días después.

Y entonces las dos historias quedaron ahí, en esa mañana fría de sábado.

Una al lado de la otra.

Jorge Messi, el padre de uno de los hombres más famosos del planeta, cuya muerte necesitó confirmaciones, señales, fuentes y horas de cautela.

Lucrecia Zarmati, una mujer de Piamonte. Ahí no hubo drones, móviles, corresponsales y horas y horas de televisión.

No se trata de comparar dolores ni de decidir qué muerte vale más. Se trata de mirar qué hacemos nosotros con esas muertes. Qué preguntamos. Qué mostramos. Qué confirmamos. Qué dejamos afuera.

A quién convertimos en noticia y a quién apenas registramos como un caso policial. Porque quizás el verdadero desafío del periodismo no sea solamente saber cuándo una noticia es cierta. Quizás sea aprender qué hacemos con esa certeza una vez que la tenemos.

La primera vez, a Jorge Messi lo matamos antes de tiempo.

La segunda vez, esperamos para confirmar que efectivamente había muerto.

Y cuando finalmente lo supimos, hubo quienes quisieron mirar desde arriba cómo una familia despedía a su muerto.

En Piamonte, mientras tanto, Lucrecia ya no tenía nada que confirmar.

Quizás esta sea nuestra auténtica pausa de hidratación: detenernos un minuto antes de publicar, pero también detenernos un minuto después de confirmar. No sólo para preguntarnos si lo que contamos es verdad, sino por qué elegimos contar unas verdades con más fuerza que otras.

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