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title: "Ayer vi ganar a los argentinos"
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description: "Por Juan Manuel Ferreyra, para MDOENVIVO"
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date_published: "2026-07-08T11:32:00-03:00"
date_modified: "2026-07-08T11:37:15-03:00"
author_name: "Juan Manuel Ferreyra"
category_name: "Columnas"
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# Ayer vi ganar a los argentinos

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En noviembre de 1929, por primera vez, Roberto Arlt asistió a un partido de fútbol. No era un hombre alejado de lo popular. Había crecido en los barrios de Buenos Aires, conocía la calle y a sus personajes. Simplemente, el fútbol nunca había despertado demasiado su interés.

Aquel día le tocó cubrir para el diario El Mundo el partido entre Argentina y Uruguay. Del otro lado estaba el mejor seleccionado del mundo. Uruguay todavía no había conquistado su primer Mundial, pero ya era bicampeón olímpico y dominaba el fútbol de la época. Sin embargo, Arlt no escribió una simple crónica deportiva. Escribió sobre los argentinos y cerró aquel texto con una frase que, casi un siglo después, sigue teniendo una fuerza extraordinaria:

*“Los uruguayos dieron la impresión de desarrollar un juego más armónico que el de los argentinos. Pero éstos trabajaron desordenadamente con lo único que da el éxito en la vida: el entusiasmo.”*

Mientras veía a la Selección frente a Egipto, esa frase volvió a mi memoria.

No porque crea que un partido de fútbol explique a un país. Sería darle un peso que no tiene. Pero sí porque, de vez en cuando, el deporte consigue poner en escena sentimientos que existen mucho antes del pitazo inicial y que siguen ahí mucho después del final.

El partido empezó mal. Egipto golpeó primero y apareció esa sensación que cualquier futbolero conoce. No es exactamente pesimismo. Es esa duda silenciosa que se instala cuando uno piensa: esta vez puede salir mal.

Entonces hacemos lo de siempre: buscamos refugio en la memoria. Recordamos remontadas imposibles, partidos históricos, goles que parecían improbables. Repetimos cábalas que nadie nos enseñó y que, sin embargo, llevamos incorporadas desde chicos. Dejamos la radio prendida, cambiamos de lugar en el sillón, evitamos mirar un penal de frente. Sabemos que nada de eso modifica el resultado, pero tampoco nos animamos a abandonarlo.

Después llegó el penal para Messi. Parecía el momento perfecto para cambiar la historia, pero el arquero lo atajó. Por un instante hasta el mejor jugador del mundo pareció quedar atrapado en un partido que no encontraba.

Argentina siguió insistiendo. Generaba situaciones. Empujaba. Pero cada contra de Egipto volvía a sembrar incertidumbre. Y cuando llegó el segundo gol, muchos sintieron que el Mundial empezaba a escaparse.

Sin embargo, algo cambió con el descuento argentino. No solamente cambió el marcador. Cambió el ánimo. Volvió esa certeza de que era posible la remontada.

Después apareció Messi para empatar. Y cuando el partido parecía ir camino al alargue, Lautaro Martínez emprendió una corrida memorable y Enzo Fernández apareció donde tenía que aparecer para completar una remontada inolvidable.

Fue entonces cuando entendí por qué había vuelto a acordarme de Arlt.

No porque crea que un partido de fútbol defina quiénes somos. Sería exagerado. Pero sí porque, de vez en cuando, el deporte consigue reflejar algo que una sociedad siente sobre sí misma.

Los argentinos vivimos tropezando. Atravesamos crisis económicas, desencuentros políticos, pérdidas personales, frustraciones y desilusiones. Discutimos entre nosotros, nos equivocamos y, más de una vez, sentimos que ya no queda margen. Sin embargo, hay una costumbre que parece repetirse generación tras generación: volver a levantarnos cuando todo parece indicar que ya es demasiado tarde.

Ese entusiasmo del que hablaba Arlt no reemplaza al talento, ni resuelve los problemas, ni evita las caídas. Pero las hace más llevaderas. Empuja cuando las fuerzas escasean, sostiene cuando la confianza tambalea y permite volver a intentarlo una vez más.

Quizás esa no sea una característica exclusiva de los argentinos. Ningún partido de fútbol puede explicar a un país entero. Pero durante esos noventa minutos fue imposible no reconocer en esa remontada algo que también aparece tantas veces fuera de una cancha: la decisión de seguir adelante cuando rendirse parece la opción más lógica.

Tal vez Arlt no estaba escribiendo solamente sobre un equipo de fútbol. Tal vez estaba hablando de esa fuerza que aparece cuando el reloj juega en contra, cuando el talento por sí solo ya no alcanza y cuando el entusiasmo termina siendo el último impulso para no bajar los brazos. Él la llamó entusiasmo. Después de ver esta remontada, yo prefiero llamarla esperanza, porque ayer no solamente ganó la Selección: por un instante, sentí que volvían a ganar los argentinos.

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