

Del quirófano al carrito: la doble vida de un médico rosarino que nunca dejó sus raíces


Durante la semana, Julio Adad atiende pacientes y da clases en la Universidad Nacional de Rosario. El fin de semana, en cambio, cambia el guardapolvo por el delantal y se instala en el Parque Independencia, donde vende pochoclos, garrapiñadas y manzanas acarameladas. No es un hobby ni un ingreso extra: es una decisión que nace de su historia. “El carrito de pochoclos en el cual nací al lado de él, con mi viejo y mi vieja trabajando, fue el sustento que me permitió realizar mi carrera”, contó.
Su vínculo con ese lugar viene desde la infancia. Pasó allí sábados y domingos acompañando a sus padres, hasta que a los 19 años, en plena crisis de 2001, la vida le dio un golpe duro: falleció su padre. El carrito dejó de ser solo un trabajo familiar para convertirse en un pilar fundamental. “Mi mamá quedó viuda a los 40 años con cuatro hijos. Tuve que organizarme para trabajar en el carrito, cursar, estudiar de noche”, recordó, sobre una etapa en la que combinó sacrificio, estudio y responsabilidad.
A pesar de recibirse de médico y construir una carrera profesional, Julio nunca se alejó del todo de ese origen. Incluso cuando intentó dejar el carrito, sintió un vacío difícil de explicar. “Me faltaba algo. Ese carrito es parte de mí, me sostiene”, confesó. Por eso volvió, no por necesidad económica, sino por identidad, por historia, por pertenencia.
Hoy, ese espacio sigue siendo mucho más que un puesto de venta. Es un punto de encuentro familiar y un refugio personal. “Cuando estoy ahí, me libero. Prefiero estar sentado al lado del carrito con un mate que tirado solo en una reposera. Mis hijos vienen. Es familia, es historia”, explicó. Y dejó una definición que resume todo: “No soy más ni menos por estar en un carrito o en un quirófano haciendo una cirugía”.




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